Malvinas, la guerra de todos, todas y todes.

La guerra es el lugar desde el cual se intenta resolver los conflictos desde la violencia, donde históricamente se enfrentan cuerpos, en su mayoría masculinos, donde se pierden sueños, sangre y vidas. ¿Dónde están las feministas? La pregunta no es inocente; esconde la intención de responsabilizar a las mujeres de absolutamente todos los males de la sociedad. En este caso, se invisibilizó la tarea de la mujer en la guerra de Malvinas, y esto refleja Araceli Bellotta en su libro, el que dice: «El 9 de junio de 1982, el director del Hospital Militar Central solicitó instrumentadoras quirúrgicas y enfermeras para ayudar en el Hospital Militar de Malvinas en Puerto Argentino que se iba a montar en carpas. Se inscribieron veinte voluntarias pero sólo seis resultaron elegidas: María Marta Lemme, Susana Maza, María Cecilia Richieri, María Angélica Sendes, Norma Navarro y Silvia Barrera, todas entre 20 y 25 años, tres de ellas trabajaban para el hospital del ejército como personal civil».

«Si quieren venir, que vengan les presentaremos batalla», dijo Leopoldo Fortunato Galtieri, allá por abril de 1982, con aires de macho bravío, rodeado de otros varones, desde el balcón presidencial frente a una plaza de mayo colmada de gente; balcón usurpado ilegalmente como la democracia de los argentinos por aquel entonces.

Se suele decir también que si queremos igualdad vayamos a poner el cuerpo en las guerras, cómo si las guerras no atravesaran los cuerpos, las mentes y las vidas de todos, todas y todes. Cómo si aceptar esa forma de resolución de conflictos fuese una obligación, como si el amor a la patria tuviese que ver con aceptar la muerte como única salida.

Enviar jóvenes que no estaban preparados ni deseaban ir a combatir a un campo de batalla alejado y helado, fue también un acto de machismo, que corrompió la vida de miles de familias, que provoco dolores desgarradores en madres que vieron irse a sus hijos sin saber si algún día los volverían a ver.

La gloria, el coraje, la valentía, la virilidad puestos en escena como valores indiscutibles, la negación del miedo y la derrota en función de un gobierno dictatorial que se hundía y desgastaba poco a poco, utilizando la vida de esos jóvenes como ultimo manotazo de ahogado.

Por supuesto que hubo mujeres en Malvinas, poco conocemos de ellas, en general solo tenemos alguna imagen de las famosas enfermeras de la guerra. Como menciona la historiadora Araceli Bellota en su texto «A 40 años de Malvinas: Mujeres olvidadas». «El 9 de junio de 1982, el director del Hospital Militar Central solicitó instrumentadoras quirúrgicas y enfermeras para ayudar en el Hospital Militar de Malvinas en Puerto Argentino que se iba a montar en carpas. Se inscribieron veinte voluntarias pero sólo seis resultaron elegidas: María Marta Lemme, Susana Maza, María Cecilia Richieri, María Angélica Sendes, Norma Navarro y Silvia Barrera, todas entre 20 y 25 años, tres de ellas trabajaban para el hospital del ejército como personal civil».

La imagen del cuidado. De la que cura aquello que no debía ser herido. La tarea histórica y actualmente invisibilizada, para la que no hay monumentos ni medallas.

«En 1980, la Fuerza Aérea había comenzado a incorporar mujeres con el rango de cabo primero. Liliana Collino fue la única mujer que se pudo probar que pisó territorio de Malvinas, al que llegó a bordo de un Hércules C-130 en el que se transportaban contenedores y heridos. Cuatro años después de la guerra, en 1986, pidió la baja de la fuerza cansada de pedir un ascenso que nunca le otorgaron», señaló Bellota.

Malvinas sigue siendo una herida abierta, honramos a los caídos, queremos una vida digna para los sobrevivientes, pero eso no puede ni deber evitarnos discutir la naturaleza de un conflicto, que al igual que todos los conflictos armados siguen siendo una de las grandes representación de lo siniestro de un sistema patriarcal que debemos combatir.

La fe de los soldados estaqueados en la Corte Suprema de Justicia

Por Jerónimo Guerrero Iraola

La causa judicial donde se investiga a un centenar de ex militares por presuntas torturas a soldados de su propia tropa durante la guerra de Malvinas de 1982, lleva once meses paralizada y se encuentra al borde de la impunidad.

Fue un segundo. Bombas por todos lados, ahí mueren los soldados Sánchez y Caballero que estaban estaqueados. Las bombas les cayeron encima. Murieron al lado mío. Yo estaba en un refugio que era un pozo. Al rato llegaron Menéndez, Romano, Masiri, y varios cabos, sargentos. Ahí pasan el parte de que había dos bajas, antes de que llegue el capitán, desataron a los que estaban estaqueados y dicen “estaban fuera del pozo” y cuando me ven a mí, me dicen, quédate ahí que está lleno de bombas.” (Denuncia en trámite)

Hace 40 años que los soldados conscriptos, aquellos que para 1982 se encontraban realizando el servicio militar obligatorio, aguardan justicia. Estaquear es un verbo transitivo, consiste en castigar a una persona estirándola, y sujetándola entre cuatro estacas clavadas en el suelo. Es una forma de tortura. 176 personas han declarado en la causa 1.777/07. Algunos, en calidad de víctimas directas. Otros, como en el testimonio que abre este artículo, como sujetos vulnerados, testigos, a quienes les tocó ver cómo sus compañeros sufrían las prácticas de dolor de las Fuerzas Armadas.

Es extraño. Casi como una paradoja. El relato militar, aquel instaurado inmediatamente terminada la guerra a partir de la implementación de a mecanismos de inteligencia, acción psicológica, control sobre los medios de comunicación y colectivos de excombatientes, puede describir con precisión de relojero algunos hechos bélicos, un vuelo espectacular en avión, o actos propios de Hollywood, pero aflora, entre los militares, una llamativa amnesia común cuando se abordan los casos de tortura. A esto llamamos tecnologías de impunidad. Las acciones y lógicas que hoy persisten y hacen que las víctimas sigan experimentando la tortura, recreándola en su psiquis, en su subjetividad, cuatro décadas más tarde.

Ese pacto de silencio, digitado, colisiona con la historia y el sentido común. Para el 2 de abril de 1982, los dos planes sistemáticos del gobierno genocida habían colapsado. Hablo del exterminio de personas (luego del informe de la CIDH tras la visita al país de 1979, no quedaban dudas de la tortura, la desaparición y la muerte), y el de entrega de la soberanía (aquel que describe Rodolfo Walsh en su Carta de un escritor a la Junta, a partir del punto 5). La dictadura fue Malvinas. Malvinas, la guerra, fue un capítulo más de la dictadura.

Si hay algo que no puede atribuirse a la dictadura cívico militar es un carácter anticolonial. La destrucción del sistema productivo-industrial argentino, la deuda externa, y la violencia política, nos conminaron a décadas de temor y miseria planificada. Las Fuerzas Armadas habían sido instruidas en la Escuela de las Américas, en la lógica de la doctrina de la seguridad nacional, para reprimir lo que regionalmente se había caracterizado como el enemigo interno, puntualmente, aquellos que se opusieron al modelo social, económico, político y cultural que pretendió instaurar la pata civil del golpe.

El Poder Judicial replica, hoy, ese pacto de silencio. Ha privado a las víctimas de tortura de un proceso veloz y eficaz en el que se investigue y eventualmente juzgue a los torturadores. Desoye, en forma constante, los estándares del sistema interamericano de derechos humanos, de los que emerge la obligación del Estado de investigar y eventualmente juzgar los delitos que impliquen graves violaciones a la dignidad humana. Las torturas lo son.

La Corte Suprema de Justicia de la Nación tiene en sus manos esta decisión. Debe resolver si los 176 colimbas, víctimas y testigos de tortura y muerte planificada, generarán efectos en la actividad judicial del Estado argentino. El estaqueamiento continúa, en cada sujeto que no encuentra justicia. Allí están, revictimizados. Ojalá Rosenkrantz, Rosatti, Maqueda y Lorenzetti fallen en línea con las obligaciones que el Estado argentino detenta en materia de derechos humanos, y puedan mirar, algún día, pronto, a los soldados estaqueados a los ojos.

Presentan Argentina Productiva 2030, el plan de desarrollo que creará 2 millones de empleos

Entre los principales objetivos de la unidad ejecutora que presentará hoy el ministro de Desarrollo Productivo Matías Kulfas se encuentra la reducción en 9 millones la cantidad de pobres y crear 100.000 empresas. 

El Gobierno presentó la unidad ejecutora Argentina Productiva 2030, que tendrá como tarea “elaborar y monitorear la implementación” de un plan de desarrollo que, entre sus principales objetivos hasta ese año, aspira a crear 2 millones de puestos de trabajo asalariados formales en el sector privado, reducir en 9 millones la cantidad de pobres y crear 100.000 empresas formales.

El programa, cuya denominación completa es “Argentina Productiva 2030, Plan de Desarrollo Productivo, Industrial y Tecnológico de Argentina” fue creado a través de la resolución 236/2022 del Ministerio de Desarrollo Productivo, publicada en el Boletín Oficial.

El titular de la cartera, Matías Kulfas, presentará la iniciativa en el marco del encuentro del Consejo Económico y Social, que tendrá lugar en el Centro Cultural Néstor Kirchner de la ciudad de Buenos Aires.

El titular de la unidad ejecutora especial temporaria será Matías Schteingart, actualmente director del Centro de Estudios para la Producción (CEP XXI).

“Sin políticas de desarrollo productivo es imposible crecer sostenidamente y sin crecimiento es imposible reducir sosteniblemente el desempleo, la pobreza, la desigualdad y la precarización laboral; en otros términos, sin crecimiento del PIB per cápita es imposible lograr el objetivo último: el bienestar del pueblo argentino”, se indica en la presentación de los lineamientos del plan.

Para ello, Argentina Productiva 2030 procurará “diseñar una hoja de ruta, concreta y realista, para los próximos años, que genere certidumbre en los actores productivos”, y “delinear detalladamente cuáles deben ser tales incentivos para transformar la matriz productiva”.

Entre los objetivos principales de la iniciativa, se destacan el de “crear 2 millones de puestos de trabajo asalariados formales en el sector privado para 2030” (aproximadamente 220.000 por año).

Asimismo, se busca “sacar a 9 millones de argentinos y argentinas de la pobreza para el período 2022-2030 (reduciendo la pobreza en 1 millón de personas por año, en promedio)”, y “crear más de 100.000 empresas formales para 2030 (alrededor de 12.000 por año)”.

También se aspira a “reducir la desigualdad para 2030 a los menores niveles en 50 años, bajando el coeficiente de Gini de 0.43 a 0.38”, así como “disminuir el impacto ambiental de las actividades productivas y cumplir con los compromisos asumidos en el marco del Acuerdo de París”.

Por otra parte, se plantea “incrementar la participación de mujeres en el empleo formal en las empresas, con un mínimo de 50% de participación de mujeres en los nuevos puestos de trabajo generados” y “aumentar la participación del interior en el PBI y el empleo formal, con un 70% de los nuevos empleos formales radicándose fuera del AMBA”.