EL GOBIERNO REGLAMENTÓ EL REGISTRO DE AUTOCULTIVO DE CANNABIS MEDICINAL

La resolución establece que usuarios y usuarias de cannabis medicinal podrán inscribirse por sí o a través de un representante y obtener autorización para cultivar, para acceder al cultivo a través una tercera persona o a través de una organización civil autorizada. 

El Gobierno reglamentó este viernes, a través de una resolución del Ministerio de Salud, el funcionamiento del Sistema de Registro del Programa de Cannabis (Reprocann), donde «usuarios y usuarias de cannabis medicinal» podrán inscribirse «por sí o a través de un representante y obtener autorización para cultivar, para acceder al cultivo a través una tercera persona (cultivador) o a través de una organización civil autorizada a esos efectos». 
 
La resolución, que lleva el número 800/2021, establece además la derogación de la resolución ministerial 1537 del 21 de septiembre de 2017, que establecía una regulación más restrictiva de la ley de Uso Medicinal del Cannabis (27.350) y que fue superada a partir de la nueva reglamentación que se sancionó en noviembre de 2020. 
 
En adelante, Reprocann «registrará a los usuarios y usuarias que acceden a la planta de Cannabis y sus derivados, como tratamiento medicinal, terapéutico y/o paliativo del dolor, a través del cultivo controlado» lo que les permitirá cultivar, o bien acceder al cultivo a través de un cultivador o de organizaciones autorizadas para este fin. 

Para solicitar esta inscripción, que puede realizarse en https://reprocann.salud.gob.ar., es requisito «excluyente» contar con indicación médica de uso de cannabis y sus derivados por parte de un profesional médico. 
 
La resolución estableció, además, que «los usuarios y usuarias que acceden a la planta de cannabis y sus derivados, los terceros cultivadores y los médicos tratantes deberán contar con usuario vigente en la plataforma: Argentina.gob.ar«, en tanto que la autorización que se obtiene a través de la inscripción tendrá vigencia de un año. 
 
En el anexo II, se autoriza el cultivo de entre 1 y 9 plantas florecidas, en hasta seis metros cuadrados en interior (en el exterior no estará permitido cultiva) y se pueden transportar entre 1 y 6 frascos de 30 mililitros o hasta 40 gramos de flores secas. 
 
«La actualización de tales límites máximos estará a cargo del Programa Nacional para el Estudio y la Investigación del Uso Medicinal de la Planta de Cannabis, sus derivados y Tratamientos No Convencionales», de acuerdo a la evolución de la evidencia científica. 
 
La Ley 27.350 fue sancionada en marzo de 2017 pero durante años el acceso al tratamiento se vio restringido por su reglamentación, lo que fue denunciado por las organizaciones de familiares de pacientes. 
 
En noviembre del año pasado se realizó una nueva reglamentación que amplió su utilización más allá de la epilepsia refractaria, permitió el autocultivo, garantizó la provisión para pacientes, fomentó la investigación y autorizó la producción pública y privada de aceite y otros derivados. 

INFO: Télam

BICENTENARIO DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES: «LA UBA ES IGUALDAD», DIJO EL PRESIDENTE

El presidente Alberto Fernández encabezó este mediodía el acto que dio por iniciado oficialmente el Año del Bicentenario de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

“La UBA es igualdad, es la posibilidad que todos tenemos de entrar a un centro de estudios enorme, inmenso, por historia y por presente”, señaló el Jefe de Estado al hablar en la ceremonia que tuvo lugar en la Sala de Representantes de la histórica Manzana de las Luces, ubicada en el barrio porteño de Monserrat.

“En la UBA no sabemos cómo pensamos los que entramos, no sabemos de qué familias venimos. Pero ahí adentro todos recibimos el mismo trato, todos somos respetados y todas nos respetamos. Y podemos progresar y podemos crecer en ese ambiente diverso”, remarcó el Presidente junto al rector de esa casa de altos estudios, Alberto Barbieri.

Fernández, quien se graduó de abogado en la UBA en 1983 y es docente en la materia de Teoría General del Delito y Sistema de la Facultad de Derecho, agregó que “la universidad es el mejor lugar del mundo para hacer lo posible para cambiar el mundo”.

En tanto, el rector Barbieri afirmó que la UBA, cuna de cinco premios nobel y de 16 presidentes argentinos, “demuestra en el mundo, día a día, que calidad y masividad no son ideas contrapuestas, y es un ejemplo para muchos lugares de América latina y en el mundo”.

Participaron también del acto el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, y el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta.

Kicillof subrayó que “el papel que tiene que fortalecer la UBA desde su autonomía es el de convertirse en un resorte en un motor de la transformación de la Argentina, que se comprometa con el desarrollo, con una patria más libre y soberana”.

Por su parte, Rodríguez Larreta destacó que desde su punto de vista “la UBA es un orgullo, es la combinación de la excelencia académica con la vocación de inclusión social”.

Formaron parte del evento el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero; los ministros de Educación, Nicolás Trotta; de Cultura, Tristán Bauer, y de Obras Públicas, Gabriel Katopodis; los secretarios General de la Presidencia, Julio Vitobello, de Comunicación y Prensa, Juan Pablo Biondi y de Políticas Universitarias, Jaime Perczyk,

Durante la actividad se transmitió un banderazo en todas las Facultades con el que se dio inicio oficial al ciclo de eventos que se realizarán durante el año bajo el lema “200 años formando futuro”, hasta llegar al día en el que se conmemora la fundación de la UBA que fue el 12 de agosto de 1821

PUBLICAN UNA TRILOGÍA DE NOVELAS INÉDITAS DE HEBE UHART

El rescate de la obra hasta ahora no publicada de la notable escritora fallecida en 2018 incluye las nouvelles Beni, Leonilda y El tren que nos lleva. No hay en estos textos un «lado B» de la narradora ni se refleja una idea de «descarte», sino más bien la confirmación de su estilo inconfundible, con un añadido temático: las historias están atravesadas por la última dictadura cívico-militar. 

El encuentro con tres novelas inéditas de Hebe Uhart, escritas entre fines de la década del ochenta y mediados de los noventa, confirma el singular aire de familia de su narrativa: un registro minucioso y empático del habla con expresiones, refranes, tonadas y neologismos; las mujeres que se desplazan de pueblos a ciudades más grandes y se “elevan” o ascienden y observan cada detalle con el delicado asombro de la novedad, por más minúscula que sea; la resonancia de “ocupar” un lugar o estar “ubicada”; el interés por las fronteras, dónde termina algo y empieza otra cosa; las maestras que enfrentan muchos obstáculos, especialmente si están en el campo. La diferencia más significativa de esta trilogía titulada El amor es una cosa extraña -que incluye BeniLeonilda y El tren que nos lleva-, publicada por Adriana Hidalgo con edición al cuidado de Pía Bouzas y Eduardo Muslip, es que las historias narradas están atravesadas por la dictadura cívico-militar. 

“La representación directa de climas y acontecimientos de la dictadura fue algo que Hebe rehuía representar, como si la violencia política fuera algo que le resultara improcesable, o para lo cual ‘no tenía el pulso’, como solía decir”, recuerdan Bouzas y Muslip en el epílogo. En El tren que nos lleva, la voz narradora de la maestra está emparentada con la novela Señorita y también con algunos cuentos de La luz de un nuevo día. La maestra que pide que la manden a una escuela “prácticamente de campo” en Moreno –toma dos colectivos y un tren– piensa en los sentidos posibles de una frase de Perón: “Nadie se puede realizar en una comunidad no realizada”. Esa maestra carga un paquete que pesa ocho kilos con cuadernos, escuadras, lápices y medias para los chicos. Otra de las maestras de la escuela con la que habla, Dina, tiene muchos hermanos, todos un poco menores, que estaban en diversos partidos, “todos para la liberación del pueblo”. El miedo de Dina impacta en la narradora cuando observa a los soldados que recorren la estación de tren con perros. “¿Qué hice yo? ¿Qué tengo que cubrir? Pensaba: ‘Llevé unos paquetes al campo, organicé la biblioteca, ayudé en el teatro de las monjas’. Me decía: ‘Mejor no pienso en el tren lo que hice, me va a venir cara de estar pensando en eso’”. 

Eso “improcesable” de la violencia política está diseminado en el miedo de la maestra, que elige comprar la revista Hola de España en vez del diario La Opinión, como si la frivolidad de la realeza fuera un escudo contra la sospecha que implicaría leer durante el viaje en tren el diario fundado por Jacobo Timerman. Como la protagonista de la novela, vivió en Moreno (donde nació el 2 de diciembre de 1936), estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y frecuentó los cafés de la calle Corrientes. “A medida que yo leía y conversaba sobre liberación y dependencia, se me abría un panorama nuevo –dice el personaje-. Veía todo desde otra óptica; ya no era preciso que alguien hubiese cursado la universidad para que yo lo tratara: no eran ignorantes las personas, estaban postergadas. Y todo lo que yo había aprendido, antes y ahora, no debía ser en beneficio propio. Yo debía hacer algo por los demás. La idea de hacer algo útil me daba vida nueva; sentía que el pueblo y la ciudad se unificaban en mí: había vencido el feroz escepticismo de los treinta, feroz y cruel por tanta vida por delante sin sentido. Ese estado de ánimo era una prolongación de la juventud”. 

Pensamiento en todas partes 

La primera persona de sus cuentos y novelas no es intrusiva ni sofocante, un talón de Aquiles de muchas escritoras y escritores que reducen la literatura a una especie de campo de batalla de sus propios egos y miserias; hay una hospitalidad narrativa en Hebe que pone a raya el “yo” para abrirse a las voces, costumbres y vivencias de otras mujeres, que no siempre son de la misma clase social. Como sucede con la protagonista y narradora de Leonilda, nacida en el Chaco, en un lugar llamado Colonia Cevallos, que se casa con un polaco “de lengua un poco dura”. La coincidencia con la protagonista del cuento “Leonor” es evidente: las dos son mujeres chaqueñas que están o estuvieron en pareja con polacos; las dos llegan a la ciudad, comienzan a trabajar limpiando casas y la vida urbana las “rejuvenece”: “la ciudad vuelve más joven a la gente –dice Leonilda-. Yo a los dos años de estar en Buenos Aires, parecía que tenía diez años de menos. Un poco ha de ser la ropa, que es distinta; yo al tiempo de estar en Buenos Aires, me puse la mini. Ha de ser el pelo, también y el agua para lavarlo, allá el agua es muy dura y lo deja achatado”. 

Hasta en el lenguaje se explicita la matriz de “Leonor”, cuento donde aparece un neologismo hermoso, vinculado con lo que sucede cuando los hijos estudian y superan a los padres por el nivel educativo. “No se debe dar a los hijos más instrucción que la que uno recibió; después los hijos la pordelantean a una”, plantea Leonor. Ese “pordelantear”, con un sentido más amplio, está en una de las novelas inéditas. “Yo no soy mujer de andar penando. Si hay un problema, le hago frente, lo mismo a una persona. Eso lo supe y lo sé hacer, sin pordelantear a nadie”, confiesa Leonilda. Las dos mujeres tienen en común también el hecho de que se vuelven a enamorar o se ponen de novia con hombres que después se van y no vuelven. “Los domingos era cuando más me acordaba de Antonio. Pero ya no me pasaba como cuando quería ir a buscarlo, porque me dolían las piernas. Qué cosa el pensamiento, como va a todos partes y una se queda en el mismo lugar”, advierte Leonilda. 

En la novela Leonilda emerge la dimensión de la militancia y la clandestinidad no compartida con la familia, hasta que no queda más remedio que blanquearla. Una de las hijas de Leonilda sospecha que su marido tiene otra mujer. Y se lo pregunta. La respuesta que recibe es “no, lo que pasa es que soy dirigente gremial”. “Y la Marta que se lo pasó pensando en todos esos años adónde iba él, que en ocho años ni abrió la boca, y después resultó que cuando faltaba era que se ocultaba en casas distintas y no podía anoticiar a nadie de dónde estaba, ni siquiera a la mujer propia. Y contó que a un compañero lo habían puesto preso y la policía lo torturó”, se lee en esta novela titulada con el nombre de la protagonista. No hay en ninguna de las tres novelas una Hebe “desconocida”, como si en los textos inéditos se intentara rastrear el lado B o la zona más oscura de una escritora. Suena demasiado conspirativo o rebuscado para una autora que siempre le restó importancia no solo a la idea que se tiene de una escritora o escritor, sino al lugar que ocupan. Nada la aburría y la fastidiaba más que el gueto literario. Entre un festival literario y la posibilidad de recorrer un pequeño pueblo en busca de refranes o visitar un jardín zoológico, Hebe no dudaba en dejar amablemente la fauna literaria que la hacía bostezar con tantas imposturas para tirarle la lengua a los viejos y viejas de un pueblo cualquiera o anotar en su libreta todo lo que podía observar sobre el comportamiento de los monos. 

El fin del amor 

La novela Beni está narrada en tercera persona. Luisa, la protagonista, es un personaje que está en los cuentos que escribió en los años setenta; se podría decir que tal vez sea la nena de los relatos “Paso del rey”, que registra lo que grita su tía “loca”, la tía María (“¡Son todos ladrones, asesinos, bragueteros putos!”); y de “El tío y la sobrina”. Luisa vive en un departamento que parece una “cajita de zapatos” con su novio Beni, que “no era una persona del tiempo, era del espacio; hoy estaba aquí, mañana allá”. Para Luisa “Beni aparecía o desaparecía como un dios del Olimpo”. Desde lo autobiográfico, Beni pertenece a lo que la propia Hebe definió como “hombres con show”, personajes tan fascinantes como desastrosos, novios y parejas que tuvo. Luisa no puede llevar a Beni a la casa de su madre: “A mí no me traigas acá a ese atorrante”. La narradora se sorprende frente a lo taxativo de la madre. “¿Cómo podía ella definir tan rápidamente, hacer juicios de valor, decir ‘ese atorrante’, sin meditar con todas las pruebas a la vista? Luisa le había contado que Beni vivía en diversas casas y que llevaba para todos lados su única camisa, ¿pero qué asociación tiene eso con la palabra ‘atorrante’?”. Un día Beni se fue y la protagonista “estaba rabiosa porque él pasaba por la vida y por su casa sin dejar huellas, como un inexistente”. 

Para colmo de males, Luisa recibe llamados por un tractor que compró Beni y que no pagó. La narración no trastabilla en un melodrama truculento sobre “el fin del amor”. Aunque sea el tópico de la novela. La tercera persona logra esquivar cualquier derrape en carne viva, como si el distanciamiento le permitiera transformar la rabia y la pena en una risa compasiva, que se podría traducir en la frase “me río para no llorar”. En ese espejo en el que se mira Luisa, mientras traduce a Cicerón en un café y observa la gestualidad de una joven pareja y la interpreta (la traduce en probables frases), lo que vuelve es la imposibilidad de esa relación; con Beni no hay otra oportunidad. Y la traducción del amor termina. ¿Cómo tramita Luisa la ausencia de Beni? “La figura de él se le hizo muy fuerte; no podía ir con esa figura a la casa de su mamá. Siempre que él se iba y venía, ella se quedaba con el fantasma de él, pero era distinto: ella conversaba, se peleaba, se amigaba con el fantasma casi igual que con él en la realidad; ahora Luisa se daba cuenta de que él estaba allá, en el campo, el fantasma la acompañaba de un modo doloroso; a lo mejor él siempre estuvo allá y no se movió, sólo mandó su fantasma, pero el de antes era más movido”, reflexiona la narradora. 

El título de esta trilogía de novelas es un hallazgo de los editores y viene de una frase que le dice a Leonilda un personaje brasileño: “Amor é siempre cosa extraña”. Después de la muerte de Hebe, el 11 de octubre de 2018, Pía Bouzas y Eduardo Muslip encontraron en la parte superior del placard del dormitorio, prolijamente conservadas en sobres, en carpetas o anilladas, dos de las tres novelas: Beni y Leonilda. La tercera, El tren que nos lleva a casa, estaba en la casa de Muslip, en las carpetas donde el escritor guardaba los materiales que Hebe le daba en los comienzos de los años noventa. Era el único que no tenía título y le pusieron una frase que está en la novela. “Beni apareció en dos versiones: una primera escrita a máquina en papel carta ya amarronado por el tiempo, con portada, título y nombre de la autora (es decir, un material para ser mostrado), y otra versión impresa en computadora, de algunos años después, con reescrituras evidentes en ciertas zonas del relato –explican los editores-. De Leonilda también encontramos dos copias, una en folios, y la otra anillada en esos formatos característicos de comienzos de los noventa: papel carta, tapa roja, anillado grueso blanco. Esto nos hace pensar que los relatos fueron escritos hacia fines de los años ochenta y primera mitad de los noventa, y que Beni es el primero de la serie”. 

Entre los papeles de Hebe descubrieron un dato interesante: Leonilda figura como “novela inédita” en un currículum de 1996 que presentó en diversas instituciones donde daría talleres de escritura. Las tres novelas (162 páginas en total) son muy valiosas; no es esta edición un “consuelo” para los lectores, un añadido menor, insignificante. No es el descarte de publicaciones rechazadas. Si un texto no resultaba o no funcionaba (ya fuera crónica, cuento o novela), Hebe lo tiraba a la basura. El período en que fueron escritas, aproximadamente entre 1987 y 1999, Hebe publicó varias novelas cortas: Camilo asciendeMemorias de un pigmeoMudanzas y Señorita. Ese momento prolífico en términos de escritura se dio en un contexto editorial local muy difícil; entonces sus libros salían en editoriales independientes con tiradas limitadas, poca circulación y menor visibilidad aún. Bouzas y Muslip se preguntan por qué publicar estas novelas ahora, cuando Hebe no las ofreció a las editoriales con las que trabajó en los últimos veinte años y con las que tuvo buen vínculo: Interzona, Blatt & Ríos, Alfaguara y Adriana Hidalgo. “Las tres novelas son materiales concluidos y revisados por Hebe; comparten con el resto de la obra impulsos muy claros, como la construcción de personajes a partir de una escucha atenta al lenguaje oral, la reelaboración ficcional de experiencias autobiográficas, la aparición de su alter ego Luisa”, argumentan los editores. “Desde los años setenta Hebe reescribió un núcleo de historias, personajes, escenas, y cada momento de escritura no es un ensayo para un texto definitivo sino formas en sí que van articulando una historia, la historia de una voz. En la historia de esa voz llama la atención tanto la presencia temprana de elementos muy reconocibles como el impacto de las experiencias vitales”. 

El humor atraviesa estas tres novelas luminosas, como en El tren que nos lleva, cuando la maestra recuerda su paso por la facultad: “En las clases yo siempre estaba leyendo algo que no tenía nada que ver con lo que decía el profesor. Y también cambiaba unos saludos con los del Centro de Estudiantes. Una vez escuché que uno de los muchachos del Centro decía de mí: ‘ella, ¿qué es?. Y otro dijo: ‘Ella es marciana’. Yo no acusé recibo en el momento ni me ofendí: pero cuando me los tropezaba sentía una cierta incomodidad y apuraba el paso; no quería que supieran que yo había oído eso. Después un compañero de curso me invitó a repasar las categorías kantianas para un examen; no sé por qué las repasamos sentados en un banco de la plaza. Él era muy amigo de los del Centro de Estudiantes y mientras él me tomaba la tabla de categorías, yo pensaba que me estaba examinando para ver si era marciana. Parecía sorprendido al ver que yo respondía bien y yo, contenta por un lado de haber vencido esa fama y, por otra parte, mortificada por esa desdicha de la condición humana: siempre sujeta a examen”. 

El reconocimiento que empezó de menor a mayor cuando publicó los cuentos Del cielo a casa con Adriana Hidalgo en 2003 fue desplazando hacia los márgenes esa sensación de estar sujeta a examen, que podría aplicarse a lo que sucedió con su obra en la literatura argentina. No era la excéntrica ni la “marciana”, aunque su originalidad, lo que la hacía radicalmente diferente a las demás, surgía de su modo de mirar y decir; un decir que fue construyendo a través del entusiasmo que le generaban las escrituras que le interesaban, principalmente la de los uruguayos Felisberto Hernández y Juan José Morosoli, y de escuchar mucho, preguntar insaciablemente y curiosear hasta el final. Las novelas inéditas de Hebe, como bien señalan Bouzas y Muslip, quedaron a la espera de un tiempo que tal vez sea el nuestro.