Los movimientos populares en alianza con Cáritas y la ong Un Techo Para Mi País lograron una ley nacional que ampara a los barrios populares. Eso derivó en el RENABAP, el registro de 4 mil barrios en todo el país. La experiencia contada por los propios vecinos de los barrios en Moreno.
Por Lucas Schaerer
El origen de la palabra parroquia es la iglesia entre las casas.
Este modo de encarar la fe atraviesa a los integrantes de Cáritas y los Hogares de Cristo del obispado de Merlo-Moreno y los ha llevado a la alta política.
Allá por el año 2016 los Movimientos Populares se unieron con Cáritas y la ong Un Techo para Mi País para lograr convertir en ley la protección y desarrollo de los barrios populares de toda la Argentina.
Esa ley se logró en pleno gobierno liberal de Cambiemos encabezado por Mauricio Macri. Por esa normativa nacional nace el Registro Nacional de Barrios Populares (ReNaBap).
Los municipios de Moreno y Merlo son por el registro oficial las localidades con más cantidad de barrios populares en toda la patria, un total de 166. Aunque más de una veintena de barrios aún no están censados y no están bajo el resguardo del RENABAP, a cargo de Fernanda Miño.
En el obispado de Merlo-Moreno, con más de 1.200.000 de habitantes, el máximo responsable es Fernando Maletti. Un pastor con olor a oveja, un cura que peregrina entre la piedad popular de un 80 por ciento de vecinos bautizados, que además está acompañado por una estructura de 42 parroquias, 63 sacerdotes, 37 diáconos permanentes, 68 religiosos y 90 religiosas.
Maletti tiene una comunidad de fe muy comprometida, que trabaja en las comunidades más empobrecidas mediante Cáritas y los Hogares de Cristo.
Moreno Primero habló con la vicedirectora de Cáritas, Marisa Martínez. “Mucha vida y capacidad de organización en los barrios populares que muchas veces superan las propuestas de la propia gestión municipal, de la gobernación o Nación, porque en definitiva todos somos Estados”. Martínez tiene 42 años, y hace más de 20 que trabaja de administrativa en una Jardín Comunitario de Merlo. No vive en un barrio popular pero los conoce, trabaja, los peregrina y los une dentro de la iglesia con creyentes, como ella, que habitan en barrios urbanizados.
“Una sombra permanente de los barrios populares son los desalojos, que muchas veces siguen avanzando, aunque el barrio esté en el ReNaBap. Es una realidad muy compleja los desalojos e implica mucho diálogo entre diversos protagonistas”, reflexionó con este medio la vicedirectora de Cáritas de la diócesis Merlo-Moreno.
“Es digno de admirar los barrios populares. Son el pueblo de Dios que peregrina esta diócesis”, remató Marisa Martínez que comparte fiestas de religiosidad popular como tensos desalojos en los barrios populares de Moreno y al igual en Merlo.
La ley de Barrios Populares tiene pocos años de vida para lo que es una normativa nacional. Quizás ello provoca que aún le falta más y mejor aplicación, por ejemplo, en la regularización dominial.
Natalia Barrientos, de la iglesia Mormona, miembro de la comisión y vecina del barrio San Juan, brindó su testimonio sobre el desalojo del barrio en abril de 2020, en plena pandemia del coronavirus. “Lo frenamos con un amparo. No teníamos esperanzas cuando llegó el abogado defensor con la orden judicial. No sabíamos qué hacer. Pero nos sentimos acompañados por la iglesia, que no estamos solos”.
Lucas Ulliambre, ex párroco en Santa Brígida, que a su vez era allí animador del Hogar de Cristo, reveló que dentro de su ex parroquia está el barrio popular San Miguel (conocido por muchos como Laguna del Muerto, en Cuartel V), «nosotros conocimos con la pandemia y allí el contacto con el problema de la tierra es la realidad de la parroquia. Tenemos un enorme país, el octavo más grande del mundo, pero muchas personas sin poder acceder a un terreno. Esto demuestra que existe una injusticia muy grande. No podemos ser tan pocos y con tanto lugar”.
El barrio San Miguel de Cuartel Quinto tiene la guillotina sobre el cuello, es que el desalojo aún está latente. Se está tratando de llegar a la dueña por medio de la municipalidad y la iglesia para lograr una mesa de diálogo, “donde la venta del terreno sea barata y digna donde quienes viven sean dueños del lugar. Queremos las cosas justas para ambas partes, sin llegar a la violencia, así como nos pide Cristo. Creo el mundo es para todos. No puede faltar a nadie un espacio vital para vivir, lo que nos dice el Papa de las Tres T, es la identidad o raíz misma de la iglesia, que se interesa por la necesidad de los más humilde, si no lo hiciera es una iglesia que dejó a Cristo de lado”, afirmó el sacerdote Ulliambre.
Don Mario, vecino del barrio San Francisco, de la organización “el barrio cuida al barrio”, reconoció que “hoy tenemos un problema muy grave con la migración que nos afecta a buena parte de nuestra comunidad global. Donde la Argentina, como una madre tan generosa, nos recibe, nos integra y nos da la oportunidad de un nuevo comienzo, muchos sufrimos el desarraigo, pero miramos el horizonte con una enorme esperanza”. Don Mario enumera problemas: acceso a la energía eléctrica, de los caminos sobre todo para el momento de las lluvias y de las instituciones escolares. “Nosotros los de abajo somos la mayor parte de estas comunidades de los barrios populares, con muchos problemas sufrimos por la ausencia de los Estados, entonces las comunidades nos organizamos, nos respetamos y trabajamos en común. Entonces la iglesia deja los templos para insertarse en los barrios populares o comunidades, caminando el mismo barro”.
En el Barrio San Juan, en Cuartel V, el vecino Raúl Tornadú, referente de la Parroquia San Juan Diego, relató el origen de su barrio. “Como un montón de barrios donde la gente tiene necesidad de la tierra compramos los terrenos y formamos un barrio de gente laburadora, con mucha esperanza y alegría. De repente tenemos el problema de la tierra que surge una persona que sería el dueño, tenemos inconvenientes. Igual no estamos solos, la iglesia nos orienta, acompaña siempre, nos defiende”.
El desafío alimentario de los barrios populares
En Moreno la creación de huertas tiene la mirada puesta en el horizonte de una soberanía alimentaria que empieza por las familias de los barrios populares y sigue en sus comedores o merenderos.
Son alimentos producidos y cuidados principalmente por mujeres. No usan agrotóxicos y permite ser sostén para la frágil economía familiar. Además, comen sano. Abandonan el abuso de harinas. Es un cambio de vida rotundo por todos lados.
“La huerta nos unió como comunidad”, reconoció Adelia Mongelos, referente de la capilla Cura Brochero y vecina del Barrio Unión. “Obtener nuestras propias verduras, cultivar y cosechar ha sido una experiencia única y buena, nos cambió la vida. Hacemos tarta, ensaladas, todo con nuestra producción que sabemos cómo se hace y lo cuidamos. Estamos orgullosas. Cambió nuestra alimentación, no todo es harina. Se acerca muchas personas con problemas de salud que debemos cuidar. Imagínate que gracias a la huerta llenamos la olla”, aseguró Amelia Mendoza, referente del barrio 23 de diciembre.
En Moreno al día de hoy existen 15 invernáculos que trabajan los plantines para intercambio y producción.
Flavio Quejereta, técnico agrónomo y vecino del barrio Mayor del Pino, es quien capacita a las familias respecto al trabajo en la tierra. Y permite que quienes se capacitaron luego brinden su saber a otros vecinos en lo que se llama huertas en el día.
Los vecinos del barrio Unión consolidaron un banco de semillas para producción y ya están soñando con el armado de cooperativas en lo alimentario sin agrotóxicos.
Los creyentes de Cáritas y Hogares de Cristo ven realizar parte del mandato del Papa Francisco, en la encíclica Laudato Si (Alabados Seas) que clama por el cuidado de la casa común y de los más pobres.
El técnico agrónomo contó que el punta pie a las huertas comunitarias o familiares vinieron por la iglesia católica con la entrega de cajas “Seamos uno”.
“La iglesia me hizo trabajar con todos pensando en una salida en conjunto en la producción de alimentos. Empezamos con la siembra de plantines, que luego sirven para la huertas comunitarias y familiares. Esto es un cambio de paradigma, que es un cambio cultural muy arraigado, ya que hacemos al revés, nosotros con la producción de alimentos consolidamos el grupo de trabajo y cuando consolidamos un objetivo nos da la fuerza para seguir pensando otros desarrollos comunitarios”, sostuvo Flavio Quejereta.
En la comunidad organizada los avances en el buen vivir se reproducen como los bebés. La vida fluye sin parar. Así lo viven los vecinos que accedieron a las vacunas, se capacitan y escuchan hablar de la violencia de género, mandan a sus chicos a apoyo escolar o viven el acompañamiento espiritual.
El sueño de la soberanía alimentaria está cerca. Muchas familias tienen un origen en el campesinado, ya vienen expulsados de tierras donde producían alimentos.
En Moreno vuelven a recuperar la tierra, sus raíces, con fe y en comunidad.


